El Héroe llega de un salto a la torre de piedra. Se para sobre el marco de la ventana y sale a la noche, a la construcción incompleta.
Acomoda las puntas de su calzado en una hendidura y sube por fuera. Se deshace del más ágil de sus perseguidores con una patada.
Alza la vista y es el único hombre en lo más alto del Castillo.
Por primera vez gira la cabeza y mira el fuego en el patio interior. También los ve a ellos, con los ojos apretados y la boca llena de euforia. Como los animales, piensa, todavía no entienden que fuimos derrotados.
Abajo, en la batalla, están los que corren y los que miran.
Siente pena, pero sabe que es inútil tratar de defenderlos. El enemigo es demasiado numeroso. De todas modos - piensa en soledad – estabamos perdidos desde antes del ariete y la puerta incendiada.
El Héroe ve morir a todos sus compañeros. Se sorprende por la bravura con que luchan. Mencionará eso cuando regrese al pueblo.
Amanece.
Se descuelga por una soga y entra al bosque en absoluto silencio.